José Ángel Buesa
CANCIÓN AGRADECIDA
Gracias,
amor, si hiciste que lloviera
en el último
instante de este día,
pues, por
ser una lluvia triste y fría,
hubo un rayo
de sol sobre una hoguera.
Gracias,
amor, si tu designio era
que lloviera
del modo que llovía
para
ofrecerme en una flor tardía
todo el
perfume de la primavera.
Gracias,
amor, si no la merecía,
gracias,
amor, aunque la mereciera;
gracias
también por la melancolía.
Que llueve
dentro cuando escampa afuera,
y haz que
vuelva a llover de esa manera
como llueve
en mi alma todavía.
CANCIÓN DE LA BÚSQUEDA
Todavía te
busco, mujer que busco en vano,
mujer que
tantas veces cruzaste mi sendero,
sin
alcanzarte nunca cuando extendí la mano
y sin que me
escucharas cuando dije: «te quiero...»
Y, sin
embargo, espero. Y el tiempo pasa y pasa.
Y ya llega
el otoño, y espero todavía:
De lo que
fue una hoguera sólo queda una brasa,
pero sigo
soñando que he de encontrarte un día.
Y quizás, en
la sombra de mi esperanza ciega,
si al fin te
encuentro un día, me sentiré cobarde,
al
comprender, de pronto, que lo que nunca llega
nos
entristece menos que lo que llega tarde.
Y sentiré en
el fondo de mis manos vacías,
más allá de
la bruma de mis ojos huraños,
la ansiedad
de las horas convirtiéndose en días
y el horror
de los días convirtiéndose en años...
Pues quizás
esté mustia tu frente soñadora,
ya sin calor
la llama, ya sin fulgor la estrella...
Y al no
decir: «¡Es ella!» —como diría ahora—
seguiré mi
camino, murmurando: «Era ella...»
CANCIÓN DEL AMOR LEJANO
Ella no fue,
entre todas, la más bella,
pero me dio
el amor más hondo y largo.
Otras me
amaron más; y, sin embargo,
a ninguna la
quise como a ella.
Acaso fue
porque la amé de lejos,
como una
estrella desde mi ventana...
Y la
estrella que brilla más lejana
nos parece
que tiene más reflejos.
Tuve su amor
como una cosa ajena
como una
playa cada vez más sola,
que
únicamente guarda de la ola
una humedad
de sal sobre la arena.
Ella estuvo
en mis brazos sin ser mía,
como el agua
en cántaro sediento,
como un
perfume que se fue en el viento
y que vuelve
en el viento todavía.
Me penetró
su sed insatisfecha
como un
arado sobre llanura,
abriendo en
su fugaz desgarradura
la esperanza
feliz de la cosecha.
Ella fue lo
cercano en lo remoto,
pero llenaba
todo lo vacío,
como el
viento en las velas del navío,
como la luz
en el espejo roto.
Por eso aún
pienso en la mujer aquella,
la que me
dio el amor más hondo y largo...
Nunca fue
mía. No era la más bella.
Otras me
amaron más... Y, sin embargo,
a ninguna la
quise como a ella.
CANCIÓN DEL AMOR PROHIBIDO
Sólo tú y yo
sabemos lo que ignora la gente
al cambiar
un saludo ceremonioso y frío,
porque nadie
sospecha que es falso tu desvío,
ni cuánto
amor esconde mi gesto indiferente.
Sólo tú y yo
sabemos por qué mi boca miente,
relatando la
historia de un fugaz amorío;
y tú apenas
me escuchas y yo no te sonrío...
Y aún nos
arde en los labios algún beso reciente.
Sólo tú y yo
sabemos que existe una simiente
germinando
en la sombra de este surco vacío,
porque su
flor profunda no se ve, ni se siente.
Y así dos
orillas tu corazón y el mío,
pues, aunque
las separa la corriente de un río,
por debajo
del río se unen secretamente.
CANCIÓN DE LA LLUVIA
Acaso está
lloviendo también en tu ventana;
Acaso esté
lloviendo calladamente, así.
Y mientras
anochece de pronto la mañana,
yo sé que,
aunque no quieras, vas a pensar en mí.
Y tendrá un
sobresalto tu corazón tranquilo,
sintiendo
que despierta tu ternura de ayer.
Y, si
estabas cosiendo, se hará un nudo en el hilo,
y aún
lloverá en tus ojos, al dejar de llover.
POEMA DEL REGRESO
Vengo del
fondo oscuro de una noche implacable,
y contemplo
los astros con un gesto de asombro.
Al llegar a
tu puerta me confieso culpable,
y una paloma
blanca se me posa en el hombro.
Mi corazón
humilde se detiene en tu puerta
con la mano
extendida como un viejo mendigo;
y tu perro
me ladra de alegría en la huerta,
porque, a
pesar de todo, sigue siendo mi amigo.
Al fin creció
el rosal aquel que no crecía
y ahora
ofrece sus rosas tras la verja de hierro:
Yo también
he cambiado mucho desde aquel día,
pues no
tienen estrellas las noches del destierro.
Quizás tu
alma está abierta tras la puerta cerrada;
pero al
abrir tu puerta, como se abre a un mendigo,
mírame
dulcemente, sin preguntarme nada,
y sabrás que
no he vuelto... ¡porque estaba contigo!
POESÍA DEL AMOR IMPOSIBLE
Esta noche
pasaste por mi camino
y me tembló
en el alma no se que afán
pero yo
estoy consciente de mi destino
que es
mirarte de lejos y nada más.
No, tú nunca
dijiste que hay primavera
en las rosas
ocultas de tu rosal.
Ni yo debo
mirarte de otra manera
que mirarte
de lejos y nada más.
Y así pasas
a veces tranquila y bella,
así como
esta noche te vi pasar.
Más yo debo
mirarte como una estrella
que se mira
de lejos y nada más.
Y así pasan
las rosas de cada día
dejando las
raíces que no se van.
Y yo con mi
secreta melancolía
de mirarte
de lejos y nada más.
Y así
seguirás siempre, siempre prohibida,
más allá de
la muerte, si hay más allá.
Porque en
esa vida, si hay otra vida,
te mirare de
lejos y nada más...
DISCRETO AMOR
Mi viejo
corazón toca a una puerta,
mi viejo
corazón, como un mendigo
con el afán
de su esperanza incierta
pero
callando lo que yo no digo.
Porque la que
me hirió sin que lo advierta,
la que sólo
me ve como un amigo
si alguna
madrugada está despierta
nunca será
porque soñó conmigo...
Y sin
embargo, ante la puerta oscura
mi corazón,
como un mendigo loco
va a pedir
su limosna de ternura.
Y cerrada
otra vez, o al fin abierta,
no importa
si alguien oye cuando toco,
porque nadie
sabrá cuál es la puerta.
POEMA CRUEL
He empezado
cien veces este poema cruel.
Cien veces
lo he dejado morir en el papel.
Pero siempre
renace bajo las tachaduras
con los ojos
malignos, con las manos oscuras.
Me despierta
en las noches como un duende perverso,
como una
gota de agua, brotando verso a verso.
Me persigue
en las calles, me golpea al oído,
y ahora
estoy escribiéndolo, para ver si lo olvido.
Es para ti
el poema. Y es un poema cruel
por ciertas
cosas tuyas que iré diciendo en él,
por todas
esas cosas que duran un momento,
que pasan y
se olvidan, como el amor y el viento.
Sin embargo,
la culpa no fue tuya ni mía.
Fue un
viento de hojas secas que soplaba aquel día.
Pero en la
pesadumbre de un año y otro año,
te escribo
este poema temiendo hacerte daño.
Y, al pensar
en las novias que se quedan solteras,
casi
preferiría que nunca lo leyeras…
Ya ves que
no te acuso. Ya ves que no me quejo.
Y si es
cruel mi poema, más cruel será tu espejo.
Tu espejo,
el alto espejo, que fue el único amigo
que conoció
tus tardes de ir a pasear conmigo,
el único que
siempre te decía que sí,
y el único
que supo si lloraste por mí…
Tu espejo,
que en la gloria que no logró un amante
duplicó
tantas veces tu desnudez triunfante
y sabía el
secreto final de tu sonrisa
en los
viejos domingos de vestirte sin prisa.
Y tu amigo,
el espejo, fue un amigo lejano
cuando tu
primavera se convirtió en verano
al reflejar
tus ojos de mujer sin cariño
y tus labios
resecos de no besar a un niño.
El amigo
lejano fue un testigo inoportuno
que vio
pasar tus días sin amor uno a uno
ya con tu
lento paso de mujer olvidada
y una lluvia
de otoños lloviendo en tu mirada.
Ah…el otoño
de la mujer bonita
que es la
viuda de un hombre que no acudió a la cita.
Ver secos
los rosales bajo un cielo inclemente
mientras
crecen las rosas en la acera de enfrente.
Y así fue
que el espejo se empañó una mañana
con tu
primera arruga, con tu primera cana
y, al
opacarse el brillo de seda de tu piel
ya no te
desvestiste nunca más delante de él.
Ah que
triste ceniza donde nunca ardió nada
con una
fulgente y ardiente llamarada
¡sí cuántas
hojas secas, cuánto tiempo perdido!
para siempre
en la sombra, más allá del olvido.
Comprender
de repente que se ha vivido en vano
cuando un
copo de espuma se evapora en la mano
y aprender
en las noches de no dormir siquiera
que la
lluvia no sabe llover de otra manera.
¡Ah! pobre
amada mía, ya tu boca está triste
de frases
que has callado, de besos que no diste.
Y tu vida es
inútil, aunque tú no lo digas
como el pozo
sin agua y el surco sin espigas.
Eso es todo
adorada, yo también estoy viejo
viejo de no
olvidarte, viejo como tu espejo.
Y
dolorosamente más piadoso que él
terminan los
versos de mi poema cruel.
José Ángel Buesa (Cienfuegos, Cuba 1910/Santo Domingo,
República Dominicana, 1982) fue un poeta romántico con un claro tono de
melancolía a través de toda su obra poética, que es primordialmente elegíaca. Fue
también novelista y escritor de libretos para la radio y la televisión cubanas,
también fue director de célebres programas radiales en las estaciones
RHC-Cadena Azul y CMQ, ya inexistentes. Los últimos años de su vida los vivió
en el exilio, y se dedicó a la enseñanza, ejerciendo como catedrático de
literatura en la Universidad Nacional Pedro Henríquez Ureña en la República
Dominicana.
Sus principales obras son: La fuga de las horas (1932), Misas
paganas (1933), Babel (1936), Canto final (1936), Oasis, Hyacinthus, Prometeo,
La Vejez de Don Juan, Odas por la Victoria y Muerte Diaria (todas de 1943),
Cantos de Proteo (1944), Lamentaciones de Proteo, Canciones de Adán (ambas de
1947), Poemas en la Arena, Alegría de Proteo (ambas de 1948), Nuevo Oasis y
Poeta Enamorado (1949). Su libro Oasis (1943) se reeditó en más de 26
ocasiones, así como Nuevo Oasis. Sus libros se agotaban tan pronto salían. Se
dice que de un poema suyo fueron los primeros versos que se oyeron en la
televisión cubana en el año 61. Catalogado por algunos críticos como poeta
menor, cursi y fácil, no obstante podría afirmarse que ningún poeta cubano ha
hecho mejor gala del neo-romanticismo americano.

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