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Oda a la poesía

martes, 1 de febrero de 2011.

Cerca de cincuenta años
caminando
contigo, Poesía.
Al principio
me enredabas los pies
y caía de bruces
sobre la tierra oscura
o enterraba los ojos
en la charca
para ver las estrellas.
Más tarde te ceñiste
a mí con los dos brazos de la amante
y subiste
en mi sangre
como una enredadera.
Luego
te convertiste
en copa.

Hermoso
fue
ir derramándote sin consumirte,
ir entregando tu agua inagotable,
ir viendo que una gota
caída sobre un corazón quemado
y desde sus cenizas revivía.
Pero no me bastó tampoco.
Tanto anduve contigo
que te perdí el respeto.
Dejé de verte como
náyade vaporosa
te puse a trabajar de lavandera,
a vender pan en las panaderías,
a hilar con las sencillas tejedoras,
a golpear hierros en la metalurgia.
Y seguiste conmigo
andando por el mundo,
pero tú ya no eras
la florida
estatua de mi infancia.
Hablabas
ahora
con voz férrea.
Tus manos
fueron duras como piedras.
Tu corazón
fue un abundante
manantial de campanas,
elaboraste pan a manos llenas,
me ayudaste a no caer de bruces,
me buscaste
compañía,
no una mujer,
no un hombre,
sino miles, millones.
Juntos, Poesía,
fuimos
al combate, a la huelga,
al desfile, a los puertos,
a la mina,
y me reí cuando saliste
con la frente manchada de carbón
o coronada de aserrrín fragante
de los aserraderos.
Y no dormíamos en los caminos.
Nos esperaban grupos
de obreros con camisas
recién lavadas y banderas rojas.

Y tú, Poesía,
antes tan desdichadamente tímida,
a la cabeza
fuiste
y todos
se acostumbraron a tu vestidura
de estrella cotidiana,
porque aunque algún relámpago delató tu familia
cumpliste tu tarea,
tu paso entre los pasos de los hombres.
Yo te pedí que fueras
utilitaria y útil,
como metal o harina,
dispuesta a ser arado,
herramienta,
pan y vino,
dispuesta, Poesía,
a luchar cuerpo a cuerpo
y a caer desangrándote.

Y ahora,
Poesía,
gracias, esposa,
hermana o madre
o novia,
gracias, ola marina,
azahar y bandera,
motor de música,
largo pétalo de oro,
campana submarina,
granero
inextinguible,
gracias,
tierra de cada uno
de mis días,
vapor celeste y sangre
de mis años,
porque me acompañaste
desde la más enrarecida altura
hasta la simple mesa
de los pobres,
porque pusiste en mi alma
sabor ferruginoso
y fuego frío,
porque me levantaste
hasta la altura insigne
de los hombres comunes,
Poesía,
porque contigo
mientras me fui gastando
tú continuaste
desarrollando tu frescura firme,
tu ímpetu cristalino,
como si el tiempo
que poco a poco me convierte en tierra
fuera a dejar corriendo eternamente
las aguas de mi canto.



Ricardo Eliécer Neftalí Reyes Basoalto (Parral, 1904 – Santiago de Chile, 1973) conocido por el seudónimo y, más tarde (1946), el nombre legal de Pablo Neruda. Fue un poeta y militante comunista chileno, considerado entre los mejores y más influyentes del siglo XX. Sus obras: Crepusculario (1923), Veinte poemas de amor y una canción desesperada (1924), Tentativa del hombre infinito (1926), Anillos (1926), El hondero entusiasta (1933), El habitante y su esperanza (1926), Residencia en la tierra (1925–1931) (1935), España en el corazón (1937), Nuevo canto de amor a Stalingrado (1943), Tercera residencia (1935–1945) (1947), Canto general (1950), Los versos del capitán (1952), Todo el amor (1953), Las uvas y el viento (1954), Odas elementales (1954), Estravagario (1958), Navegaciones y regresos (1959), Cien sonetos de amor (1959), Canción de gesta (1960), Poesías: Las piedras de Chile (1960), Cantos ceremoniales (1961), Memorial de Isla Negra (1964), Arte de pájaros (1966), La Barcarola (1967), Las manos del día (1968), Fin del mundo (1969), Aún (1969), Maremoto (1970), La espada encendida (1970), Las piedras del cielo (1970), Discurso de Estocolmo (1972), Geografía infructuosa (1972), La rosa separada (1972), Incitación al Nixonicidio y alabanza de la revolución chilena (1973) y otros.

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Me encanta Dios

viernes, 17 de diciembre de 2010.

Me encanta Dios. Es un viejo magnífico que no se toma en serio. A él le gusta jugar y juega, y a veces se le pasa la mano y nos rompe una pierna o nos aplasta definitivamente. Pero esto sucede porque es un poco cegatón y bastante torpe de las manos.

Nos ha enviado a algunos tipos excepcionales como Buda, o Cristo, o Mahoma, o mi tía Chofi, para que nos digan que nos portemos bien. Pero esto a él no le preocupa mucho: nos conoce. Sabe que el pez grande se traga al chico, que la lagartija grande se traga a la pequeña, que el hombre se traga al hombre. Y por eso inventó la muerte: para que la vida —no tú ni yo— la vida, sea para siempre. Ahora los científicos salen con su teoría del Big Bang... Pero ¿que importa si el universo se expande interminablemente o se contrae? Esto es asunto sólo para agencias de viajes. A mi me encanta Dios. Ha puesto orden en las galaxias y distribuye bien el tránsito en el camino de las hormigas. Y es tan juguetón y travieso que el otro día descubrí que ha hecho —frente al ataque de los antibióticos— ¡bacterias mutantes! Viejo sabio o niño explorador, cuando deja de jugar con sus soldaditos de plomo de carne y hueso, hace campos de flores o pinta el cielo de manera increíble. Mueve una mano y hace el mar, y mueve la otra y hace el bosque. Y cuando pasa por encima de nosotros, quedan las nubes, pedazos de su aliento. Dicen que a veces se enfurece y hace terremotos, y manda tormentas, caudales de fuego, vientos desatados, aguas alevosas, castigos y desastres. Pero esto es mentira. Es la tierra que cambia —y se agita y crece— cuando Dios se aleja. Dios siempre está de buen humor. Por eso es el preferido de mis padres, el escogido de mis hijos, el más cercano de mis hermanos, la mujer más amada, el perrito y la pulga, la piedra más antigua, el pétalo más tierno, el aroma más dulce, la noche insondable, el borboteo de luz, el manantial que soy. A mi me gusta, a mi me encanta Dios. Que Dios bendiga a Dios.


Jaime Sabines (1926-1999). Poeta mexicano, nació en Tuxtla-Gutiérrez, estado de Chiapas, el 25 de marzo de 1926. Estudió Lengua y Literatura Españolas, licenciándose en esta disciplina en 1949. Más tarde realizaría estudios de postgrado en la Universidad Autónoma de México. Sus dos primeros poemarios, "Horal" (1950) y "La señal" (1951); posteriormente publica "Adán y Eva" (1952), "Tarumba" (1956). En 1959 recibe el premio Chiapas que le otorga su estado natal en reconocimiento a su creación poética. Ya por entonces trabaja en la elaboración de dos obras que publicará poco después: "Diario semanario y poemas en prosa" (1961) y "Poemas sueltos" (1962). En 1964 obtiene una beca del Centro Mexicano de Escritores y al año siguiente forma parte del jurado del premio Casa de las Américas. En lo sucesivo y de forma bastante espaciada publica "Yuria" (1967), "Maltiempo" (1972), "Algo sobre la muerte del Mayor Sabines" (1973) y "Nuevo recuento de poemas" (1977).

En 1972 obtiene el premio Xavier Villaurrutia y a partir de 1976 hace una incursión en la política nacional, resultando elegido diputado federal por Chiapas, escaño que volvería a alcanzar en 1988 por el Distrito Federal. En 1982 obtiene el premio Elías Sourasky y en 1983 el premio Nacional de las Letras. En el año 1995 se publicó al inglés, en versión de W.S. Merwin, una recopilación de sus poemas bajo el título "Pieces of shadow: selected poems of Jaime Sabines".

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Dedicatoria

martes, 14 de diciembre de 2010.
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Al final

domingo, 12 de diciembre de 2010.
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Jenaro Talens

viernes, 3 de septiembre de 2010.


La parada de los monstruos


He hecho los mayores esfuerzos por salir de la
multitud y hacerme notar por alguna cualidad:
¿qué he hecho sino ofrecerme como un blanco y
mostrar a la malevolencia dónde podía morderme?
Lucio Anneo Séneca


Cuánto rumor innecesario para una vida tan pequeña, dicen
como quien deja demasiados rastros tras de sí.
No es bueno, sin embargo, atender a las voces
de quienes exaltan el color del cielo
queriendo confundir su terror con el mío.
Las últimas palabras que no pronuncié
fueron tu nombre, aunque me refería
a un alba luminosa. Mírame, no temas:
no diré nunca nada de tu vida, ni
escribiré de lo que compartimos
si consigo evitarlo. La gente no se ocupa
de nuestro sufrimiento por exceso de amor, pero nosotros
tendremos al fin tiempo para dedicarnos
a tu cuerpo y el mío. Despliego el abanico de tu piel
entre mis manos como un mapa
y en él dibujo los itinerarios
que habrán de conducirme hasta la muerte. Ya
no hay ninguna razón para que envejezcamos
juntos, dicen los otros mientras nos contemplan
al borde del acantilado de su licuefacción. Escucho
cómo su voz conspira en lo visible. Dales
una migaja de tu oscuridad, no sexo
ni deterioro, ¿no
adviertes que tan sólo buscan
interpretar las huellas de nuestro silencio?, ¿que
el sonido no ofrece ya conocimiento, sino
incertidumbre y orfandad? Recuerdo la promesa:
un pájaro que sueña con el alba
vendrá a nosotros como sombra, en la
gris desembocadura de la noche, cuando
nos despertemos juntos, carcomidos
por los murmullos de dos cuerpos libres
que nadie pudo reducir. Gocemos;
no hay nada que apacigüe tu temblor.
Cuando después de la explosión, todo termine,
¿en qué punto o espacio crees que estarán? ¿quedarán ruinas?



Jenaro Talens (Tarifa, Cádiz, España - 1946). Poeta, ensayista y traductor. Libros publicados: En el umbral del hombre (1964), Los ámbitos (1965), Una perenne autora (1969), Víspera de la destrucción (1970), Ritual para un artificio (1971), El vuelo excede el ala (1973), El cuerpo fragmentario (1978), Otra escena (1980). Proximidad del silencio (1981), Purgatori (1983), Tabula rasa (1985), Orfeo filmado en el campo de batalla (1994), Viaje al fin del invierno (1997), Profundidad de campo (2001), Minimalia (2001), El espesor del mundo/On the Nature of Things (2003), La permanencia de las estaciones. Los poemas en prosa (2005). Iconotextos: Purgatorio (1987), La mirada extranjera (1986), Looking in/Looking out (1989), Five Ways to Finish August (1988), Moins qu'un image (1992), De qué color son las princesas (1995), Por los caminos de Al-Andalus (2006), La certeza del girasol (2008). Antologías: Desde esta autobiografía se ven pájaros (1989), La constancia del nómada (2000), Cantos rodados (2002), Luz de intemperie (2006), El bosque dividido en islas pocas (2009).

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Prisión Perpetua de Ricardo Piglia

jueves, 2 de septiembre de 2010.


“El autoengaño es una forma perfecta. No es un error, no se debe confundir con una equivocación involuntaria. Se trata de una construcción deliberada, que está pensada para engañar al mismo que la construye. Es una forma pura, quizá la más pura de las formas que existen.” (p.50)


12. II. 68

"Una de las aspiraciones de Macedonio era convertirse en inédito. Borrar sus huellas, ser leído como se lee a un desconocido, sin previo aviso. Varias veces insinuó que estaba escribiendo un libro del que nadie iba a conocer nunca una página. En su testamento decidió que el libro se publicara en secreto, hacia 1980. Nadie debía saber que ese libro era suyo. En principio había pensado que se publicara como un libro anónimo. Después pensó que debía publicarse con el nombre de un escritor conocido. Atribuir su libro a otro: el plagio al revés. Ser leído como si uno fuera ese escritor. Por fin decidió usar un seudónimo que nadie pudiera identificar. El libro debía publicarse en secreto. Le gustaba la idea de trabajar en un libro pensado para pasar inadvertido. Un libro perdido en el mar de los libros futuros. La obra maestra voluntariamente desconocida. Cifrada y escondida en el porvenir, como una adivinanza lanzada a la historia.

La verdadera legibilidad siempre es póstuma." (pág. 92)


“-Escúcheme -dice él alzando las manos-. Miren mis manos. He aquí que tengo en mis manos la vida. ¿La ven? Era bella mi vida. Era pura y apasionada mi vida. Era como un hermoso vaso de cristal. Y sin embargo, vean: la tira al suelo.

Hizo un brusco movimiento y la copa estalló contra el piso. Todos los ojos se han vuelto hacia los vidrios quebrados, como si buscaran allí los restos de una bella vida humana.” (p.207-208)



Referencia: Piglia, Ricardo (1988): Prisión perpetua. Buenos Aires, Editorial sudamericana.



Ricardo Emilio Piglia (Adrogué, provincia de Buenos Aires, 1940). Profesor, narrador, crítico literario, guionista. Ha sido profesor en la Universidad de Buenos Aires, en la Universidad de Princeton, en la Universidad de California en Davis. También dirigió la revista Literatura y Sociedad. Ha escrito: Novelas: Respiración artificial (1980), Prisión perpetua (nouvelles, 1988), La ciudad ausente (1992), Plata quemada (1997). Relatos: La invasión (1967), Nombre falso (1975). Ensayos: Crítica y ficción (1986), La Argentina en pedazos (1993), Formas breves (1999), Diccionario de la novela de Macedonio Fernández (2000). Antologías: Las fieras (Antologia del policial argentino, 1999).

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Soledad

miércoles, 1 de septiembre de 2010.

Taciturna tristeza.

Amargo desespero,

Del vacío y la necesidad.

Oh!, dolor desgarrante,

De lágrimas sangrantes

Espera paciente y lenta

Al ser solitario,

Que implacablemente

En su trampa cae.

Oh!, alma necia,

Que buscas la plenitud.

Y lo que encuentras

Es a tu fiel acompañante

La soledad.

2004


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