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Olympia...

martes, 11 de septiembre de 2012.


I
hagamos usted y yo un largo viaje por la casa de los vivos. de esos ejemplares que, bien conservados preguntan de usted y de mí. hagamos un alto en el recorrido sobre su cama para sabernos vivas, que somos la parte parecida a las tormentosas rayas de la noche, las que no vemos, las que no probaremos nunca. deme usted la parte de su cuerpo, esa orilla que nadie conoce, ni siquiera las intimidades de su baño ni los pudores discretos de su espejo, quiero acostarme con usted a esta hora para saber que la tengo debajo de una mano, las rodillas en su riñón, su espalda repartida.

III
he terminado con el drama. adolezco de la falta, del aullido brutal y mudo a media noche, del insomnio, de la deuda, del rigor entrando a las ventanas o a la edad. ya no tengo historias crudas que merezcan ser contadas, no me animan las formas nimias ni los cuerpos fríos. la indiferencia cesó su delicioso juego de matarme. estoy evaporada de pasiones. pasé de la agónica existencia al respaldo de la cama, a los pies en alto del descanso. noto mis transformaciones: las mujeres no me rasgan sus recuerdos no se entierran regreso a la casa, contenta de tener casa sin soñar con el fracaso sin aspirar a lo irrevocable al abismo a los brazos inertes, para siempre inertes de un cuerpo maltratado. no me azotan mis filisteos comentarios ni me hieren los idiomas. la lupa de mi lengua no se altera sobre cuerpos inventados no seduce no adora. noto con horror, sin valentía, que comienzo a ser feliz.

V
tomada de la mano por mi otra mano, reconociendo lúcidamente que al final este intento será sólo una página muerta, quería contarles que no puedo ni un minuto más. he sido arrollada por la presencia por la visita de un extraño que desata sus terribles sin permiso. a ratos percibo que una loca y arriesgada invitación, uno de esos juegos donde el peligro puede tocarse lo dejó aquí, entre mis sábanas, entre mi voz, sobre la cama. ahora, posesionado de mis ámbitos, cómodo huésped que abusa, pretende para siempre dominar en mis entornos, ahuyentar a mis otros y hacer de mi delgadez su inextirpable nido.

XXII
en vilo sostenida por un hilo por un frágil pasadizo que alargado me somete a los altos de las luces, a las formas redondas del bombillo, magia de las luces que apagadas acompañan en tibio vapor mi alma helada. cómo hablarle de los míos, cómo asombrarla con tanta y tanta porquería (no temer, no encubrir, es únicamente porquería), cómo recoger su cuerpo absurdo y recordado en estas horas darle espacio a sus menores e infinitos, desordenar sus brazos y traer su cuerpo a la parte más cómoda del mío. qué recostada y lejos de sus formas. llorarla y pensarla en futuro cuando se sabe que nada ni nadie recordará que la he traído esta noche separada por andamios que la buscan en cuerpos que se repiten, en abrazos que ya odio, en el beso sometido. tengo que oírla voces oscuras, tengo que oírla tengo que apurar mi tiempo al lado suyo porque no tenemos nada.

XXIV
ahora sé que no moriré esta noche. si transcurro, y si recorro perdida entre resplandores y seres me encuentro en la forma del espejo que separa mi cuello de los otros. si subiendo por intrincadas escaleras y sostenida en barandas he vivido cayendo ahora sé que no moriré esta noche y es porque reposo en el lado vacío de la cama, repetido lado que nombro en minúsculas, y enumero, y quejado va en textos y entiendo que seguirá el vacío aún con la sólida sombra de una hermosa reposando. ahora sé. la mano tendida buscándose en la aridez la falta reventando con esa voz que mancha almas de niños cuando nombro y donde está el espacio reinado que cubren tus hijos y donde está el sueño dictado mientras yo escribía. y sé que no me apodero del gatillo porque no es la voz mía la que despide para siempre los fetiches con que decoro mis ideas, esta noche que no será la última aunque quiera y me sienta demonio con su tos menor y con la arritmia de mis brazos que hinco sobre la máquina para el levantamiento de la queja a punto de morir porque sé que esta noche no es.

XXXIV
los demás, los otros, pidieron por mi amor quedarse sordos. con el tiempo olvidé la demora. la repetición absurda de los sueños me acercó a la última prueba. poco a poco dejaron de interesarme las fotos, los rasgos de la sabiduría. fui degenerando en un esbelto amuleto que acompañaba mi muerte, que también dejó de interesarme. quería renunciar a mis visitas sobre el espejo, ya me conocía. podía predecir las caras venideras. ninguna religión pudo atajar el miedo a perderme. el insomnio impetuoso –aún en el sueño- me dio claves de la muerte que me habitó lenta y callada, de cíclicos movimientos recluída, a la intemperie de la memoria, detuve ese continuo y harto viaje de traerme a la vida tantas veces. me fui quedando muda al fin. quedarme o irme, atravesar la maroma de la noche. no pude decírselo a nadie.

Manón Kübler (1992). Olympia. Caracas: Monte Ávila Editores.



Manón Kübler (Caracas, 1961). Poeta, periodista. Famosa por sus atrevidos reportajes en la revista Exceso. Guionista de teatro, cine experimental y televisión, ha recibido varios premios nacionales e internacionales por sus cortometrajes. Ha publicado un poemario: Olympia (1992). Obra inédita: Bluff.

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Poema I

lunes, 30 de abril de 2012.

GATOS

En tierra lejana, desconocida
se encuentran la gata arisca y el gato negro
en una casa que los adopta
para que pasen la corta estación.

Ella callada, tranquila
observa la pelota que gira
en la penumbra de su soledad.

Él juguetón, loco
tapa la oscuridad de su habitación.

El gato negro se revela ante ella
provocándola con sus maullidos.

Ella lo mira fijamente
analizando la torpeza de sus juegos.

Intenta ignorarlo, si bien provoca
entrar en el juego de este aburrido invierno.

Repentinamente el cuerpo grande y azabache
se siente perdido en el juego que ha comenzado.
Sus peludas patas roza el cuerpo, aún arisco de aquella gata.

Una noche, sólo sus ojos penetran
en el calor fugaz de sus salvajes cuerpos.
En el juego de sus locuras entran
sin querer perder ni dejar la casa donde se refugiaron.

De pronto la casa se iba desvaneciendo
el reloj marcaba la hora de partida.
Los lugares que una vez sus patas pisaron, se desaparecían
sin dejar rastros ni huellas.

El tiempo y la distancia interrumpió sus efímeros jugueteos.

Ahora, los gatos
brincan tejados conocidos, cercanos
encontrándose con antiguos amigos gatunos
descansando en los sillones viejos de su hogar
procurando salir de la rutina, la costumbre
que mata, que aniquila el tiempo que pasa
que vuela y se nos va en este cuerpo cansado, lento.

Ellos (los gatos) recuerdan, extrañan tierras lejanas
en que los juegos los hizo delirar, soñar
pronunciarse en el ronroneo sutil de un toque
de sus patas que intentan aferrarse a esa cuerda, ausente
que perdió sin poder protestar.

Las horas pasan con la lluvia, el sol
que cae sobre su cuerpo peludo
rezonga en el silencio de la penumbra, del frio
de afuera que entra por la ventana
que intentan cerrar los dueños de la casa.

En un encuentro inesperado
recorriendo lugares ajenos, conocidos, cercanos
se cruzan los gatos.

Ya no habrá secretos
entre la gata arisca y el gato negro.

La gata observa, callada
buscando letras que descifren
este corto momento.
Ella percibe su aroma, su mirada siempre triste,
que oculta las penas con una leve sonrisa.

Los maullidos no se hicieron esperar
cubriendo esta ausencia arropada con el silencio
de una distancia estancada en la arena.

...

23:04 09.03.2011 © Ligia Ruiz
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La invención de la soledad...

martes, 31 de enero de 2012.


"Ha habido una herida y ahora me doy cuenta de que es muy profunda. Y el acto de escribir, en lugar de cicatrizarla como yo creía que haría, ha mantenido esta herida abierta. En ocasiones he sentido su dolor concentrado en mi mano derecha, como si sufriera un desgarramiento cada vez que levanto la pluma y la presiono contra el papel. En lugar de enterrar a mi padre, estas palabras lo han mantenido vivo, tal vez mucho más que antes no sólo lo veo como fue, sino como es, como será; y todos los días está aquí, invadiendo mis pensamientos, metiéndose en mí a hurtadillas y de improviso. Bajo tierra, en su ataúd, su cuerpo sigue intacto y sus uñas y su pelo continúan creciendo. Tengo la sensación de que para comprender algo debo penetrar en esa imagen de oscuridad, de que debo entrar en la absoluta oscuridad de la tierra."


¡Oh! Tú entiendes
que si acepto
vivir –que parezca
que te olvido-
es para
alimentar mi dolor
-de modo que este
aparente
olvido
puede brotar de un
modo más
horrible en lágrimas, en
algún momento
fortuito, en
medio de esta
vida, cuando tú
te me aparezcas.


"Estas historias en que el mismo niño es el protagonista son quizá las que más le gustan. A. advierte que, en forma similar, cuando él se sienta en su habitación a escribir el Libro de la Memoria, cuenta su propia historia hablando de sí mismo como si fuera otro. Para encontrarse, primero necesita ausentarse, y por eso dice A. cuando en realidad quisiera decir “Yo”, pues la historia del recuerdo es la historia de lo que se ha visto. La voz, por lo tanto, continúa. E incluso cuando el niño ha cerrado los ojos para dormir, la voz de su padre sigue hablando en la oscuridad."


"Como en los experimentos con perros de Pavlov (que, simplificándolos al máximo, demuestran la forma en que la mente establece relaciones entre dos objetos distintos: al final el primer objeto se olvida y por ende se convierte en otro) ha ocurrido algo, aunque no podríamos decir qué es. Quizá lo que A. se empeña en demostrar es que de un tiempo a esta parte él no ha olvidado ninguno de los dos términos y que siempre que su vista o su mente parecen detenerse, descubre otra conexión, otro puente que lo llevará a un nuevo territorio. E incluso en la soledad de su habitación, el mundo ha estado precipitándose sobre él a una velocidad desconcertante, como si de repente todo convergiera en él y le ocurriera al mismo tiempo."


Auster, Paul (1994): La invención de la soledad, Barcelona, España, Anagrama.


Paul Benjamin Auster (Newark, Nueva Jersey, E.U., 1947- ) es un escritor, guionista y director de cine estadounidense, Premio Príncipe de Asturias de las Letras 2006. Estudió lengua y literatura inglesa en la Universidad de Columbia, centro del cual se graduó en 1970. En el país galo ejerció labor como traductor de autores franceses hasta su vuelta a los Estados Unidos en 1974. En la Gran Manzana se ocuparía como periodista, escribiendo en “The New York Review of Books” y en “Harper’s Saturday Review”.  A mediados de los años 80 y tras haber escrito poesía y ensayos, Auster debutó como novelista con “Jugada de presión” (1982), escrita con el seudónimo de Paul Benjamin. El mismo año apareció el libro de corte autobiográfico “La invención de la soledad” (1982). Se revelaría internacionalmente como escritor al publicar con éxito “La Trilogía de Nueva York”. Este título engloba una tríada de novelas de intriga conformadas por “La ciudad de cristal” (1985), “Fantasma” (1986) y “La habitación cerrada” (1986).

Con posterioridad Auster publicaría libros como “El país de las últimas cosas” (1987), “El palacio de la luna” (1989), “Pista de despegue” (1990), “La música del azar” (1990), “El cuento de Navidad de Auggie Wren” (1991), “Leviatán” (1992), “El cuaderno rojo” (1993), “Mr. Vértigo” (1994), “Smoke” (1995), “A salto de mata” (1997), “Heridas de amor (Lulu on the bridge)” (1999). “Sophie Calle: Doble Juego” (1999), “Tombuctú” (1999), “El libro de las ilusiones” (2002), y “La noche del oráculo” (2003). También ha escrito poemarios como “Cimientos” (1990), un libro de relatos titulado “Creía que mi padre era Dios” (2002), y guiones cinematográficos para “Smoke”, película dirigida por Wayne Wang basada en su propia obra, “Blue in the face” (1995), film co-dirigido por Wang y el propio Auster, quien dirigiría en solitario “Lulu on the bridge” (1999). Otras novelas de Auster son "Brooklyn Follies" (2005), "Viajes por el scriptorium" (2006), "Un hombre en la oscuridad" (2008), "Invisible" (2009), "Sunset Park" (2010) y "Diario De Invierno" (2012).
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José Ángel Buesa

lunes, 19 de septiembre de 2011.


CANCIÓN AGRADECIDA

Gracias, amor, si hiciste que lloviera
en el último instante de este día,
pues, por ser una lluvia triste y fría,
hubo un rayo de sol sobre una hoguera.

Gracias, amor, si tu designio era
que lloviera del modo que llovía
para ofrecerme en una flor tardía
todo el perfume de la primavera.

Gracias, amor, si no la merecía,
gracias, amor, aunque la mereciera;
gracias también por la melancolía.
Que llueve dentro cuando escampa afuera,
y haz que vuelva a llover de esa manera
como llueve en mi alma todavía.



CANCIÓN DE LA BÚSQUEDA

Todavía te busco, mujer que busco en vano,
mujer que tantas veces cruzaste mi sendero,
sin alcanzarte nunca cuando extendí la mano
y sin que me escucharas cuando dije: «te quiero...»

Y, sin embargo, espero. Y el tiempo pasa y pasa.
Y ya llega el otoño, y espero todavía:
De lo que fue una hoguera sólo queda una brasa,
pero sigo soñando que he de encontrarte un día.

Y quizás, en la sombra de mi esperanza ciega,
si al fin te encuentro un día, me sentiré cobarde,
al comprender, de pronto, que lo que nunca llega
nos entristece menos que lo que llega tarde.

Y sentiré en el fondo de mis manos vacías,
más allá de la bruma de mis ojos huraños,
la ansiedad de las horas convirtiéndose en días
y el horror de los días convirtiéndose en años...

Pues quizás esté mustia tu frente soñadora,
ya sin calor la llama, ya sin fulgor la estrella...
Y al no decir: «¡Es ella!» —como diría ahora—
seguiré mi camino, murmurando: «Era ella...»



CANCIÓN DEL AMOR LEJANO

Ella no fue, entre todas, la más bella,
pero me dio el amor más hondo y largo.
Otras me amaron más; y, sin embargo,
a ninguna la quise como a ella.

Acaso fue porque la amé de lejos,
como una estrella desde mi ventana...
Y la estrella que brilla más lejana
nos parece que tiene más reflejos.

Tuve su amor como una cosa ajena
como una playa cada vez más sola,
que únicamente guarda de la ola
una humedad de sal sobre la arena.

Ella estuvo en mis brazos sin ser mía,
como el agua en cántaro sediento,
como un perfume que se fue en el viento
y que vuelve en el viento todavía.

Me penetró su sed insatisfecha
como un arado sobre llanura,
abriendo en su fugaz desgarradura
la esperanza feliz de la cosecha.

Ella fue lo cercano en lo remoto,
pero llenaba todo lo vacío,
como el viento en las velas del navío,
como la luz en el espejo roto.

Por eso aún pienso en la mujer aquella,
la que me dio el amor más hondo y largo...
Nunca fue mía. No era la más bella.
Otras me amaron más... Y, sin embargo,
a ninguna la quise como a ella.



CANCIÓN DEL AMOR PROHIBIDO

Sólo tú y yo sabemos lo que ignora la gente
al cambiar un saludo ceremonioso y frío,
porque nadie sospecha que es falso tu desvío,
ni cuánto amor esconde mi gesto indiferente.

Sólo tú y yo sabemos por qué mi boca miente,
relatando la historia de un fugaz amorío;
y tú apenas me escuchas y yo no te sonrío...
Y aún nos arde en los labios algún beso reciente.

Sólo tú y yo sabemos que existe una simiente
germinando en la sombra de este surco vacío,
porque su flor profunda no se ve, ni se siente.

Y así dos orillas tu corazón y el mío,
pues, aunque las separa la corriente de un río,
por debajo del río se unen secretamente.



CANCIÓN DE LA LLUVIA

Acaso está lloviendo también en tu ventana;
Acaso esté lloviendo calladamente, así.
Y mientras anochece de pronto la mañana,
yo sé que, aunque no quieras, vas a pensar en mí.

Y tendrá un sobresalto tu corazón tranquilo,
sintiendo que despierta tu ternura de ayer.
Y, si estabas cosiendo, se hará un nudo en el hilo,
y aún lloverá en tus ojos, al dejar de llover.



POEMA DEL REGRESO

Vengo del fondo oscuro de una noche implacable,
y contemplo los astros con un gesto de asombro.
Al llegar a tu puerta me confieso culpable,
y una paloma blanca se me posa en el hombro.

Mi corazón humilde se detiene en tu puerta
con la mano extendida como un viejo mendigo;
y tu perro me ladra de alegría en la huerta,
porque, a pesar de todo, sigue siendo mi amigo.

Al fin creció el rosal aquel que no crecía
y ahora ofrece sus rosas tras la verja de hierro:
Yo también he cambiado mucho desde aquel día,
pues no tienen estrellas las noches del destierro.

Quizás tu alma está abierta tras la puerta cerrada;
pero al abrir tu puerta, como se abre a un mendigo,
mírame dulcemente, sin preguntarme nada,
y sabrás que no he vuelto... ¡porque estaba contigo!


POESÍA DEL AMOR IMPOSIBLE

Esta noche pasaste por mi camino
y me tembló en el alma no se que afán
pero yo estoy consciente de mi destino
que es mirarte de lejos y nada más.

No, tú nunca dijiste que hay primavera
en las rosas ocultas de tu rosal.
Ni yo debo mirarte de otra manera
que mirarte de lejos y nada más.

Y así pasas a veces tranquila y bella,
así como esta noche te vi pasar.
Más yo debo mirarte como una estrella
que se mira de lejos y nada más.

Y así pasan las rosas de cada día
dejando las raíces que no se van.
Y yo con mi secreta melancolía
de mirarte de lejos y nada más.

Y así seguirás siempre, siempre prohibida,
más allá de la muerte, si hay más allá.
Porque en esa vida, si hay otra vida,
te mirare de lejos y nada más...



DISCRETO AMOR

Mi viejo corazón toca a una puerta,
mi viejo corazón, como un mendigo
con el afán de su esperanza incierta
pero callando lo que yo no digo.

Porque la que me hirió sin que lo advierta,
la que sólo me ve como un amigo
si alguna madrugada está despierta
nunca será porque soñó conmigo...

Y sin embargo, ante la puerta oscura
mi corazón, como un mendigo loco
va a pedir su limosna de ternura.

Y cerrada otra vez, o al fin abierta,
no importa si alguien oye cuando toco,
porque nadie sabrá cuál es la puerta.



POEMA CRUEL

He empezado cien veces este poema cruel.
Cien veces lo he dejado morir en el papel.
Pero siempre renace bajo las tachaduras
con los ojos malignos, con las manos oscuras.

Me despierta en las noches como un duende perverso,
como una gota de agua, brotando verso a verso.
Me persigue en las calles, me golpea al oído,
y ahora estoy escribiéndolo, para ver si lo olvido.

Es para ti el poema. Y es un poema cruel
por ciertas cosas tuyas que iré diciendo en él,
por todas esas cosas que duran un momento,
que pasan y se olvidan, como el amor y el viento.

Sin embargo, la culpa no fue tuya ni mía.
Fue un viento de hojas secas que soplaba aquel día.
Pero en la pesadumbre de un año y otro año,
te escribo este poema temiendo hacerte daño.

Y, al pensar en las novias que se quedan solteras,
casi preferiría que nunca lo leyeras…
Ya ves que no te acuso. Ya ves que no me quejo.
Y si es cruel mi poema, más cruel será tu espejo.

Tu espejo, el alto espejo, que fue el único amigo
que conoció tus tardes de ir a pasear conmigo,
el único que siempre te decía que sí,
y el único que supo si lloraste por mí…

Tu espejo, que en la gloria que no logró un amante
duplicó tantas veces tu desnudez triunfante
y sabía el secreto final de tu sonrisa
en los viejos domingos de vestirte sin prisa.

Y tu amigo, el espejo, fue un amigo lejano
cuando tu primavera se convirtió en verano
al reflejar tus ojos de mujer sin cariño
y tus labios resecos de no besar a un niño.

El amigo lejano fue un testigo inoportuno
que vio pasar tus días sin amor uno a uno
ya con tu lento paso de mujer olvidada
y una lluvia de otoños lloviendo en tu mirada.

Ah…el otoño de la mujer bonita
que es la viuda de un hombre que no acudió a la cita.
Ver secos los rosales bajo un cielo inclemente
mientras crecen las rosas en la acera de enfrente.

Y así fue que el espejo se empañó una mañana
con tu primera arruga, con tu primera cana
y, al opacarse el brillo de seda de tu piel
ya no te desvestiste nunca más delante de él.

Ah que triste ceniza donde nunca ardió nada
con una fulgente y ardiente llamarada
¡sí cuántas hojas secas,  cuánto tiempo perdido!
para siempre en la sombra, más allá del olvido.

Comprender de repente que se ha vivido en vano
cuando un copo de espuma se evapora en la mano
y aprender en las noches de no dormir siquiera
que la lluvia no sabe llover de otra manera.

¡Ah! pobre amada mía, ya tu boca está triste
de frases que has callado, de besos que no diste.
Y tu vida es inútil, aunque tú no lo digas
como el pozo sin agua y el surco sin espigas.

Eso es todo adorada, yo también estoy viejo
viejo de no olvidarte, viejo como tu espejo.
Y dolorosamente más piadoso que él
terminan los versos de mi poema cruel.



José Ángel Buesa (Cienfuegos, Cuba 1910/Santo Domingo, República Dominicana, 1982) fue un poeta romántico con un claro tono de melancolía a través de toda su obra poética, que es primordialmente elegíaca. Fue también novelista y escritor de libretos para la radio y la televisión cubanas, también fue director de célebres programas radiales en las estaciones RHC-Cadena Azul y CMQ, ya inexistentes. Los últimos años de su vida los vivió en el exilio, y se dedicó a la enseñanza, ejerciendo como catedrático de literatura en la Universidad Nacional Pedro Henríquez Ureña en la República Dominicana.
Sus principales obras son: La fuga de las horas (1932), Misas paganas (1933), Babel (1936), Canto final (1936), Oasis, Hyacinthus, Prometeo, La Vejez de Don Juan, Odas por la Victoria y Muerte Diaria (todas de 1943), Cantos de Proteo (1944), Lamentaciones de Proteo, Canciones de Adán (ambas de 1947), Poemas en la Arena, Alegría de Proteo (ambas de 1948), Nuevo Oasis y Poeta Enamorado (1949). Su libro Oasis (1943) se reeditó en más de 26 ocasiones, así como Nuevo Oasis. Sus libros se agotaban tan pronto salían. Se dice que de un poema suyo fueron los primeros versos que se oyeron en la televisión cubana en el año 61. Catalogado por algunos críticos como poeta menor, cursi y fácil, no obstante podría afirmarse que ningún poeta cubano ha hecho mejor gala del neo-romanticismo americano.
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Déjame sueltas las manos...

martes, 19 de abril de 2011.

Déjame sueltas las manos

y el corazón, déjame libre!

Deja que mis dedos corran

por los caminos de tu cuerpo.

La pasión —sangre, fuego, besos—

me incendia a llamaradas trémulas.

Ay, tú no sabes lo que es esto!

Es la tempestad de mis sentidos

doblegando la selva sensible de mis nervios.


Es la carne que grita con sus ardientes lenguas!

Es el incendio!

Y estás aquí, mujer, como un madero intacto

ahora que vuela toda mi vida hecha cenizas

hacia tu cuerpo lleno, como la noche, de astros!

Déjame libre las manos

y el corazón, déjame libre!

Yo sólo te deseo, yo sólo te deseo!

No es amor, es deseo que se agosta y se extingue,

es precipitación de furias,

acercamiento de lo imposible,

pero estás tú,

estás para dármelo todo,

y a darme lo que tienes a la tierra viniste—

como yo para contenerte,

y desearte,

y recibirte!



Ricardo Eliécer Neftalí Reyes Basoalto (Parral, 1904 – Santiago de Chile, 1973) conocido por el seudónimo y, más tarde (1946), el nombre legal de Pablo Neruda. Fue un poeta y militante comunista chileno, considerado entre los mejores y más influyentes del siglo XX. Sus obras: Crepusculario (1923), Veinte poemas de amor y una canción desesperada (1924), Tentativa del hombre infinito (1926), Anillos (1926), El hondero entusiasta(1933), El habitante y su esperanza (1926), Residencia en la tierra (1925–1931) (1935), España en el corazón (1937),Nuevo canto de amor a Stalingrado (1943), Tercera residencia (1935–1945) (1947), Canto general (1950), Los versos del capitán (1952), Todo el amor (1953), Las uvas y el viento (1954), Odas elementales (1954), Estravagario (1958),Navegaciones y regresos (1959), Cien sonetos de amor(1959), Canción de gesta (1960), Poesías: Las piedras de Chile (1960), Cantos ceremoniales (1961), Memorial de Isla Negra (1964), Arte de pájaros (1966), La Barcarola (1967),Las manos del día (1968), Fin del mundo (1969), Aún (1969),Maremoto (1970), La espada encendida (1970), Las piedras del cielo (1970), Discurso de Estocolmo (1972), Geografía infructuosa (1972), La rosa separada (1972), Incitación al Nixonicidio y alabanza de la revolución chilena (1973) y otros.

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La gata herida

martes, 15 de marzo de 2011.


[a Michu]

La gata herida por la curiosidad

salto los tejados ajenos, lejanos.

Tiene una patita lastimada.

Ella brinca lento, camina paso a paso

llevando su cuerpo a cuesta que va creciendo.

Intenta asomar su cabeza por la ventana abierta

sin hallar nada.

Recorre el lugar

se acerca al cuarto y llama a la puerta,

metiendo la otra patita que le queda

para que la dejen entrar.

Mira atentamente en silencio

planeando acercarse a aquel cuerpo caliente.

Sigilosamente, sin dejar rastro, logra llegar a su encuentro

esperando sentir las manos en su piel

mientras masajea su cobija.

Gata herida por recorrer caminos conocidos, aunque ajenos.

No puede ya con sus locuras, ni brincar

ni dañar el viejo mueble del corredor, ni correr a su primogénita

de su territorio.

Ella espera algún día jugar con las sombras de su cuerpo

ahora cansado.

Gata que espera en las escaleras de aquel oscuro terreno

por aquel cuerpo corriente, por aquellas manos que provocan

que la hacen enloquecer,

reclamando de vez en cuando su abandono.

Viendo caer la lluvia esta la gata, oculta en aquel lugar

donde se esconde los gatos vagabundos

de tiempos lejanos y cercanos, lugar

donde rituales de amor ejecutó en el recuerdo del pasado.

© Ligia Ruiz

08/03/11 22:33pm

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Jenaro Talens

viernes, 3 de septiembre de 2010.


La parada de los monstruos


He hecho los mayores esfuerzos por salir de la
multitud y hacerme notar por alguna cualidad:
¿qué he hecho sino ofrecerme como un blanco y
mostrar a la malevolencia dónde podía morderme?
Lucio Anneo Séneca


Cuánto rumor innecesario para una vida tan pequeña, dicen
como quien deja demasiados rastros tras de sí.
No es bueno, sin embargo, atender a las voces
de quienes exaltan el color del cielo
queriendo confundir su terror con el mío.
Las últimas palabras que no pronuncié
fueron tu nombre, aunque me refería
a un alba luminosa. Mírame, no temas:
no diré nunca nada de tu vida, ni
escribiré de lo que compartimos
si consigo evitarlo. La gente no se ocupa
de nuestro sufrimiento por exceso de amor, pero nosotros
tendremos al fin tiempo para dedicarnos
a tu cuerpo y el mío. Despliego el abanico de tu piel
entre mis manos como un mapa
y en él dibujo los itinerarios
que habrán de conducirme hasta la muerte. Ya
no hay ninguna razón para que envejezcamos
juntos, dicen los otros mientras nos contemplan
al borde del acantilado de su licuefacción. Escucho
cómo su voz conspira en lo visible. Dales
una migaja de tu oscuridad, no sexo
ni deterioro, ¿no
adviertes que tan sólo buscan
interpretar las huellas de nuestro silencio?, ¿que
el sonido no ofrece ya conocimiento, sino
incertidumbre y orfandad? Recuerdo la promesa:
un pájaro que sueña con el alba
vendrá a nosotros como sombra, en la
gris desembocadura de la noche, cuando
nos despertemos juntos, carcomidos
por los murmullos de dos cuerpos libres
que nadie pudo reducir. Gocemos;
no hay nada que apacigüe tu temblor.
Cuando después de la explosión, todo termine,
¿en qué punto o espacio crees que estarán? ¿quedarán ruinas?



Jenaro Talens (Tarifa, Cádiz, España - 1946). Poeta, ensayista y traductor. Libros publicados: En el umbral del hombre (1964), Los ámbitos (1965), Una perenne autora (1969), Víspera de la destrucción (1970), Ritual para un artificio (1971), El vuelo excede el ala (1973), El cuerpo fragmentario (1978), Otra escena (1980). Proximidad del silencio (1981), Purgatori (1983), Tabula rasa (1985), Orfeo filmado en el campo de batalla (1994), Viaje al fin del invierno (1997), Profundidad de campo (2001), Minimalia (2001), El espesor del mundo/On the Nature of Things (2003), La permanencia de las estaciones. Los poemas en prosa (2005). Iconotextos: Purgatorio (1987), La mirada extranjera (1986), Looking in/Looking out (1989), Five Ways to Finish August (1988), Moins qu'un image (1992), De qué color son las princesas (1995), Por los caminos de Al-Andalus (2006), La certeza del girasol (2008). Antologías: Desde esta autobiografía se ven pájaros (1989), La constancia del nómada (2000), Cantos rodados (2002), Luz de intemperie (2006), El bosque dividido en islas pocas (2009).

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